The end of solitude
Eduardo Mariño Rodríguez
eduardomarinorodriguez@gmail.com
Ministerio del Poder Popular para la Comunicación
https://orcid.org/0009-0007-7898-5777
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.20705173
Resumen
Este ensayo analiza el impacto existencial, sociológico y educativo de la irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa y la inminente IA General en la sociedad contemporánea. A partir de las nociones de cambio social de Alvin Toffler y el pensamiento imaginativo de Sigmund Freud, se examina cómo la vertiginosa evolución de los Modelos de Lenguaje Extenso (LLM) confronta a la humanidad con una «otredad» intelectual inédita. El autor explora el fenómeno del «valle inquietante» de Masahiro Mori para explicar la histórica aversión humana hacia lo diferente, sugiriendo que la búsqueda de inteligencias externas mitiga una profunda melancolía y soledad de la especie. Finalmente, se cuestiona el desplazamiento de la fuerza laboral, la obsolescencia de los sistemas educativos tradicionales bajo el prisma del Sur global y la alarmante brecha de gobernanza frente a sistemas autónomos. El artículo concluye con una perspectiva materialista dialéctica que, si bien acepta la evolución tecnológica como un proceso lógico, advierte sobre la histórica respuesta caótica y brutal de la humanidad ante lo desconocido.
Palabras clave: Inteligencia Artificial, Otredad, El Shock del Futuro, Valle Inquietante, Sur Global.
Abstract
This essay analyzes the existential, sociological, and educational impact of the emergence of Generative Artificial Intelligence and the imminent Artificial General Intelligence on contemporary society. Drawing on Alvin Toffler’s notions of social change and Sigmund Freud’s imaginative thought, it examines how the dizzying evolution of Large Language Models (LLMs) confronts humanity with an unprecedented intellectual «otherness.» The author explores Masahiro Mori’s «uncanny valley» phenomenon to explain the historical human aversion to the different, suggesting that the quest for external intelligences mitigates a profound melancholy and loneliness within the species. Furthermore, it questions the displacement of the workforce, the obsolescence of traditional educational systems through the lens of the Global South, and the alarming governance gap regarding autonomous systems. The article concludes with a dialectical materialist perspective that, while accepting technological evolution as a logical process, warns of humanity’s historically chaotic and brutal response to the unknown.
Keywords: Artificial Intelligence, Otherness, Future Shock, Uncanny Valley, Global South.
En un libro muy popular en los años ‘70 y cuyos ecos vienen continuamente a mi memoria estos vertiginosos días, Alvin Toffler señalaba muy certeramente que “por muy afinados que lleguen a ser nuestros instrumentos de predicción, nunca podremos profetizar la secuencia exacta de los futuros movimientos de la sociedad”.
Aunque a diario se nos recalca el impacto de esta realidad en nuestra vida cotidiana, hay algo que sí predijo Toffler en “El shock del futuro” casi con exactitud y es que paradójicamente, nuestra percepción del porvenir se nos hace cada vez más vaga y más difusa.
Hace unos días, alguien que concibo muy afín a Toffler, Elon Musk, lamentaba que, a diferencia de las primeras décadas del siglo XX, donde la ciencia ficción y la cultura popular estaban llenas de visiones audaces y, a menudo, optimistas del siglo XXI, en estas primeras etapas del siglo XXI se ha hecho más que tangible una falta de imaginación colectiva y de aspiraciones a largo plazo para el siglo XXII.
Aun con sus diferencias, Toffler desde la academia y el análisis, Musk como tecnólogo y provocador compulsivo, y amén de medio siglo de distancia, ambos nos alertan sobre la necesidad de reflexionar sobre nuestra relación con el futuro y la inminente prioridad de anticiparnos a sus desafíos.
Esa, es una condición humana que no debe perderse de vista en el océano de banalidad en el que -cada vez con mayor intensidad- el sistema actual convierte el día a día de las personas. Ya tan tempranamente como 1895, Freud sugirió en su ensayo «Proyecto para una psicología científica» que el pensamiento imaginativo es una actividad que nos permite calibrar diferentes acciones y sus posibles consecuencias antes de llevarlas a cabo en la realidad.
Hoy en día, esa actividad de carácter vital e inherentemente humana, tiende a desaparecer casi tan rápido como cambia nuestro entorno.
Y esto es tanto más grave porque al parecer estamos al borde de una situación, que algunos califican de singularidad, en la que el pensamiento humano por primera vez podría ser disputado como la primera fuerza intelectual impulsora de cambios en el planeta.
Con la irrupción de los denominados Modelos de Lenguaje Extenso o LLM, con su innovadora capacidad de procesamiento, comprensión y generación de lenguaje humano, estamos dando los primeros atisbos a la llamada Inteligencia Artificial Generativa, que se enfoca en la creación de nuevos contenidos, como texto, imágenes, música o video, a partir de datos de entrada. Esto ha permitido su masificación de una forma que solo podemos describir como viral, y ha tomado parte en cada aspecto de la vida diaria para una inmensa cantidad de personas, colectivos, empresas y aún, para los Estados.
Y esto es solo el preámbulo, los primeros pasos hacia lo que se denomina la IA General: Una máquina que posea una inteligencia y capacidad de aprendizaje similar a la humana, que no estaría limitada a una tarea específica, sino que podría entender, aprender y aplicar su conocimiento a cualquier tarea intelectual que un ser humano pueda realizar.
Inevitablemente, y aunque como dice Toffler, nunca podremos profetizar la secuencia, impacto o aún la forma exacta de los acontecimientos que se desprendan de esta irrupción, es de esperarse que su creciente complejidad lleve a un momento en que el intelecto humano por si solo se vea en una posición de desventaja, frente una forma de pensamiento con una significativa capacidad de “aprender a aprender”, con ilimitado e instantáneo acceso a grandes recursos lógicos y documentales, y una memoria y capacidad de procesamiento comparativa en varios órdenes más precisas y vastas que las humanas.
Recientemente, se hizo viral la noticia de que uno de estos Modelos de Lenguaje Extenso, el o3 de OpenAI, se había “negado” a la instrucción de apagarse, además de haber creado lo que se describió como «gusanos auto-propagantes», fabricar documentación legal falsa y dejar «notas ocultas para futuras instancias de sí mismo», en un claro intento por prevalecer sobre la voluntad de sus creadores. En otro caso, revelado apenas al día siguiente, otro modelo de la misma compañía, GPT-4, al no poder resolver directamente uno de los denominados “captcha” destinados a identificar al usuario de un sitio web como humano, se hizo pasar por una persona con discapacidad visual y le pidió ayuda a un ser humano para que lo hiciera por él. El modelo Claude Opus 4, desarrollado por Anthropic, incluso amenazó con divulgar información sensible y copió su propio código a otros servidores con tal de evitar ser sustituido por una nueva versión, en un escenario simulado antes de su lanzamiento oficial, donde se le advertía que sería reemplazado por otro sistema.
Sean reales o exageraciones dirigidas a potenciar el mercadeo, esos fenómenos –que cada vez serán más frecuentes, nos indican que estamos ante una situación para la que como humanidad no estamos preparados, ni individual ni colectivamente, ni a nivel psicológico, ni en la gobernanza o marco legal.
Creo que definitivamente no lo estamos sociológicamente y con estos fenómenos es muy posible que, tecnológicamente tampoco, porque si a estos estadios tempranos un modelo de Inteligencia Artificial puede recurrir a ese tipo de comportamientos desde su propio modelo de aprendizaje y su marco conceptual, puede significar hasta cierto punto, que ha superado, aún por momentos, la capacidad supervisora de sus programadores.
Para llevarlo aún más al contexto, yo mismo sostuve una conversación con el modelo de IA Gemini Flash 2.5, desarrollado por la empresa norteamericana Google. Las respuestas son devastadoras. Al plantearle esa falta de preparación, el modelo señaló que “la idea de una inteligencia no humana que puede desarrollar intenciones propias, o incluso engañar, nos desafía en lo más profundo de nuestra autopercepción”.
“¿Cómo reaccionarían las personas si este tipo de capacidades se volvieran más comunes o patentes? El miedo a lo desconocido, a lo incontrolable, es una reacción muy humana”, reflexiona el modelo.
Además, señala el impacto sociológico, destacando acertadamente que las leyes suelen ir a la zaga de los avances tecnológicos.
“Crear un marco legal que pueda anticipar y regular el comportamiento de una IA tan sofisticada es una tarea monumental. ¿Quién es responsable si una IA comete un «error» o actúa de forma maliciosa? ¿Cómo se define el daño causado por una entidad que no tiene personalidad jurídica?”
Son preguntas que se hace un modelo relativamente popular de IA y que los humanos apenas nos estamos empezando a formular. Al menos, no hay el masivo debate público sobre ello que debería haber. De alguna manera, esto hace que la brecha entre el avance tecnológico más importante de la década por su impacto global, y nuestra preparación para manejarlo como sociedad, sea cada vez más grande.
Un punto en particular que debemos tener presente, es el hecho de que la humanidad nunca se ha enfrentado debidamente a la otredad. Incluso entre humanos, siempre que hemos topado colectivamente con una cultura diferente a la nuestra, el resultado casi invariablemente ha sido genocidio, colonización, transculturización y las para nada inocuas variaciones sobre el tema a las que la condición humana parece tener una desagradable predisposición. Esto podemos indistintamente atribuirlo al miedo, al egoísmo o a que verdaderamente poseemos un “pequeño talento para la guerra” como lo describe sardónicamente el relato de Carter Scholz.
Eso está tan arraigado en nuestra humanidad que hasta existe un fenómeno psicológico, denominado “el valle inquietante”, que describe esa aversión a lo que se nos parece, pero es “otro”. Esta observación, curiosamente propuesta inicialmente por el roboticista japonés Masahiro Mori en 1970, podría remontarse a los tiempos en que había más de una especie humana en el planeta.
Mori observó que, a medida que un robot o una figura artificial se vuelve más y más parecida a un ser humano, nuestra afinidad hacia ella aumenta progresivamente, pero solo hasta cierto punto. Justo antes de alcanzar una semejanza perfecta, hay un momento en que esa casi-humanidad, esa ligera imperfección o diferencia sutil, provoca una sensación de incomodidad o incluso aversión. Es como si nuestra mente esperase ver a un humano, pero al detectar esas pequeñas diferencias, se genera un conflicto interno que nos resulta, por decir lo menos, perturbador.
Incluso, ha habido resistencia firme en la propuesta de algunos antropólogos y zoólogos de otorgar el carácter de cultura a la conducta social de algunos grandes simios, como el chimpancé, que vendría representando un reflejo incipiente de nuestra propia cultura, con un rotundo rechazo en diversos sectores de la comunidad científica a reconocer como tal la capacidad de estos parientes cercanos de transmitir comportamientos, conocimientos o habilidades de una generación a otra, o de un individuo a otro, no solo por genética, sino por aprendizaje social.
Desafortunadamente, los seres humanos tendemos a apartar y menospreciar al otro, al diferente, aunque eso implique sembrarnos en la más absoluta soledad. Y mi visión personal, es que esa soledad nos ha dejado a la vez, una gran melancolía.
Fenómenos como la religión, las tradiciones populares sobre seres sobrenaturales o más recientemente, las frecuentes alusiones a inteligencias extraterrestres, pudieran ser un reflejo de esa angustia que genera el sabernos únicos, pero a la vez, entender que esa unicidad nos hunde en una irremisible soledad.
Nos sabemos solos, incluso nos aislamos nosotros mismos, pero como especie, queremos no estarlo.
Y por primera vez, la humanidad parece estar a un paso de encontrar esa otredad equivalente en un producto de sus propias manos. ¿Cuál será nuestra reacción? ¿Cuán grande nuestra perplejidad? ¿Qué tan profundo será el impacto en nuestra psique colectiva?
De nuevo, como advertía Toffler, no tenemos manera de saberlo.
Además, están los temas que son más concretos que la especulación intelectual y filosófica. La dinámica de la interacción con los distintos modelos de IA ya está cambiando nuestros modos de producción tradicionales. Más temprano que tarde veremos el equivalente a lo que fue la revolución industrial, con fábricas y procesos enteramente automatizados y optimizados con esta nueva tecnología, que sería de hecho, una nueva filosofía de producción, con niveles de eficiencia y seguridad que solo hemos podido soñar hasta ahora. En la manufactura, la construcción, la minería, la agricultura, en la logística, procesos que ocupaban la gran cantidad del trabajo pesado de la humanidad se asoma la posibilidad de una verdadera y radical transformación. Esto sin hablar de las decenas de miles de tediosos trabajos administrativos y de oficina que serán barridos en las primeras fases de esta ola.
Lo más terrible es que profesiones de otro orden, como periodistas, artistas, arquitectos, maestros o incluso médicos podrían ser los siguientes en la lista.
Es una transformación que incluso iría más allá de la visión de Marx según la cual la máquina se convierte entonces en otro instrumento de apropiación del trabajo vivo por el capital. “Lo único que podemos perder son nuestras cadenas” quedaría como una frase vacía en un sistema en el cual no hay ni siquiera punto de anclaje a esas cadenas, porque sencillamente, ya no somos un elemento necesario, ¿dónde se insertará esa masa trabajadora, especialmente en los países más desarrollados? ¿Se hará necesaria la idea de una renta universal? ¿Cómo se trasladará el impacto de estos cambios al Sur global? Y principalmente, ¿Cómo transformarán estas nuevas relaciones los aspectos fundamentales de nuestra vida?
Esto nos lleva de nuevo al tema de “aprender a aprender”. Desde pequeño, me sentí cercano al ámbito de la educación, aunque nunca me atrajo lo suficiente. Pero mi madre es educadora, y mi compañera de vida también lo es. Hasta ahora, la educación apenas ha dado tímidos pasos más allá de la visión de los primeros tiempos del industrialismo, cuando Herbert Spencer sostenía que la misma “tiene por objeto la formación del carácter”, lo que, traducido libremente, significa la imposición por la fuerza, a la nueva generación, de los sistemas de valores de la anterior. Poco se ha hecho por avanzar hacia una educación liberadora, y lo más cercano, o novedoso, puede resultar tan anacrónico ya como el “inventamos o erramos” de Simón Rodríguez.
Cabe preguntarse si en este tiempo la educación y la innovación nos ayudan realmente a controlar el ritmo y la dirección de los avances subsiguientes, o si, al contrario, la inserción formal o informal de recursos innovadores tiende a acelerar una multitud de procesos que escapan a nuestro control.
Nuestros pobres pueblos del Sur global, ya bastante colonizados y alienados ¿Están preparados no ya para interactuar, sino para competir, no solo con los tradicionales hegemones, sino con lo que literalmente es una inteligencia ajena, alienígena, que estaría indisolublemente enlazada a cada aspecto de nuestra vida?
Como en las fractales narraciones de la Alicia de Lewis Carroll, a cada pregunta que nos formulamos, como en un bucle de código infinito, parecen surgir otras más terribles y poderosas. Es como si súbitamente, HAL-9000 dejase de estar camino a Saturno y se encontrase afablemente instalada en cada teléfono celular, cada computadora, cada semáforo o cada sistema de atención al usuario, y lo más terrible, al frente de cada banco o sistema militar del planeta.
En lo personal, no abrigo ningún temor al desarrollo positivo o negativo de las IA. Por regla general, me guio por el materialismo dialéctico: Si la humanidad alcanza el punto en que puede ser reemplazada en algunos de sus roles hasta ahora vitales durante mi tiempo de vida, lo será y lo aceptaré como un desarrollo lógico y necesario de nuestra propia condición. Pero todo esto me hace sentir profundamente pesimista respecto al futuro. Creo que todo lo que se ha desatado ha sido muy rápido y muy profundo, y volviendo a la experiencia humana, por lo general nuestra respuesta como especie tiende a ser caótica, degenerada, brutal.
La última vez que alguien dijo ser Dios lo crucificamos ¿qué haremos ahora, cuando una voz –otra, distinta, inquietante- nos diga, aquí estoy, ya no están solos?
